De Rerum Verdura <$BlogRSDUrl$>

( contacto )
[ wimbledon | la obstrucción oceánica | guillermo hotel | et in arcadia ego | esporas | póstumos | la culpa es mía | amelita argentina | suspiria | resacas | muzarelax | la rosa en el viento | asakhira | malgasté mi vida | wom | hotel céline | yo no lo llamaría de esa manera | lyteraria | tiempo de descuento | en la masmédula | lengualarga | vamos a jugar | siempre tarde | santos y demonios | macassar | palimpsestos | en busca del tiempo perdido | mon petit castor | ficcionalista! | la mala reputación | no hay por qué | rápido para la boludez | the british model | el blog de gatubellita ]
[ vocación | daisy ashford y las muñecas | irritable | victoria y derrota de la ocampo | un cuaderno lleno de estupideces | la novela de un utilero | presentación formal | correspondencia | botellas | compostura | la risa, remedio infalible | el gato de wilcock | el salario de las mentiras | colaboracionismo | wilde en norteamérica | el método | un encuentro curioso | muerte en cojímar | la rata muerta | el autor del autor | una cabalgata de fin de semana | los pulpos | napoleón en moscú | trampa para rubias | colaboradora decisiva | señor keegan, señor keegan | el intercambio epistolar más corto del mundo ]
| octubre 2003 | noviembre 2003 | enero 2004 | febrero 2004 | marzo 2004 | abril 2004 | octubre 2004 | febrero 2005 | abril 2005 | mayo 2005 | marzo 2007 |

De Rerum Verdura

Quod superest, uacuas auris

jueves, marzo 29, 2007

El intercambio epistolar más corto del mundo 

Cuando Víctor Hugo estaba de vacaciones, en 1862, ansioso por conocer la suerte de su novela Los Miserables, que acaba de aparecer, le envió una carta al editor de Hurst and Blackett que decía "?", a lo que el editor contestó con otra: "!"

jueves, mayo 05, 2005

Señor Keegan, señor Keegan 

Vladimir Nabokov pensaba que su esposa era una mujer exigente, fina, sabia, bella, caprichosa y muchas cosas más. En 1949 dejó constancia de la desaprobación que le mereció el súbito afecto que sintió hacia ella un alumno, al cual no tenía precisamente por un Adonis. "¡La belleza no lo es todo!", protestó el alumno de Cornell. "Señor Keegan, señor Keegan, eso es una mera presunción con la que aspiramos a desenvolvernos en la vida. En el fondo, la belleza lo es todo", le aseguró el profesor Nabokov.

domingo, abril 24, 2005

Colaboradora decisiva 

Véra y Vladimir Nabokov iban y venían en condición de pareja. La inmensa mayoría de las personas nunca la vio a ella sin estar en compañía de él. No sólo eran inseparables, sino que también se fundían sus frases, tanto por escrito como oralmente. Compartían la misma agenda personal. La caligrafía de una invadía los cuadernos del otro. Muchos creen que vivieron una de las más grandes historias de amor jamás vividas.
En octubre de 1969 un periodista formuló a Vladimir Nabokov la siguiente pregunta: "¿Podría usted decirme en qué medida ha sido su esposa una colaboradora decisiva en su obra?" La respuesta de Nabokov, contra la proliferación de palabras huecas a la que los escritores son tan proclives a la hora de halagar a sus maestros y a aquellos con quienes mantienen una deuda de amor, no pudo ser más concisa: "No —respondió el escritor—, no creo que pudiera".

jueves, febrero 03, 2005

Trampa para rubias 

Esta historia es de procedencia incierta, pero conociendo a Macedonio nada indica que no pueda ser cierta. Adolfo de Obieta vivía con su padre, Macedonio Fernández ya entrado en años. En determinado momento tuvo que emprender un viaje al exterior y, precavido y temeroso, le pidió a una vecina que cada tanto echara una ojeada al viejo.
La mujer bajó un día al departamento de Macedonio y encontró la puerta entornada, pero no entró. Repitió la visita al día siguiente y volvió a encontrar la puerta semi-abierta, pero no entró tampoco esta vez. Al tercer día, ya temerosa y precavida ella, decidió abrirla y ver qué pasaba. Encontró a Macedonio sentado en un sillón, mirando hacia la puerta, que le decía: "Trampa para rubias"

sábado, octubre 02, 2004

Napoleón en Moscú 

Es septiembre, la ciudad está vacía, no hay víveres. Tiene un enorme palacio a su disposición, está inapetente e indeciso. Acuartelado en la nada, en el corazón de Rusia, deambulando por grandes salones desolados. El Kremlin le da sueño a las tres de la tarde, mientras en casa, lejos, sucede algo. Se siente clandestino. Sabe que debe volver, teme haber dejado la casa abierta, toda una capital desprotegida. Vacila en la clandestinidad. Quisiera que los otros decidieran por él, que el zar acordara la paz, que todos se fuesen. Espera el desarrollo de los acontecimientos. Cuando llegó el invierno ordenó la retirada. Así se comportó el que afirmaba que podía perder una batalla, pero no un minuto de tiempo.

domingo, abril 25, 2004

Los pulpos 

Italo Calvino lo sabía: literatos y caballeros, entre otras cosas, tienen en común el obligar al cuerpo a adoptar posiciones innaturales: el literato estando sentado, el caballero andando a caballo, lo que por cierto no es muy higiénico que digamos. De todos modos siempre es mejor estar sentados que de pie: se evitan las várices. En realidad, todos los males del hombre, siempre según Calvino, vienen del hecho de haber decidido éste ser un bípedo, cuando su naturaleza le imponía distribuir el peso del cuerpo en las cuatro extremidades. Así es como nuestros progenitores desarrollaron la habilidad de trabajar con las manos, que liberadas de la función locomotora hicieron posible la historia humana. Pero para Calvino el perfecto equilibrio fue alcanzado durante la larga era de permanencia en los árboles. Las glaciaciones nos bajaron de los árboles, condenándonos a una vida que no nos pertenece y que resultó ser un acontecimiento irresistible. No se puede volver atrás. Hemos construido un mundo para bíperos sentados, dice Calvino, que no tiene nada que ver con nuestro cuerpo, un mundo que heredarán organismos más aptos para sobrevivir. Dado que gran parte de su vida la pasó sentado delante de un escritorio, Calvino opinaba que la forma que le hubiera resultado más cómoda es la de la serpiente. Pero se daba cuenta de que disponiendo sólo de la cola para realizar todas las operaciones manuales, algunas de sus capacidades físico-mentales ligadas a la digitación habrían disminuido notablemente: la dactilografía, la consulta de enciclopedias, contar con los dedos y comerse las uñas.
La forma perfecta, concluye Calvino, sería la del pulpo. Los pulpos pueden hacer de todo, salvo manejar un auto. Está claro que serán los pulpos los que ocupen nuestro lugar. El mundo que hemos construido está hecho a su imagen y semejanza. Hemos trabajado para ellos.

domingo, marzo 07, 2004

Una cabalgata de fin de semana 

La historia de Thomas Edward Lawrence y las motos es larga y literalmente accidentada. Lawrence poseyó siete motos, todas ellas Brough Superior de 1000 c.c., a las que por costumbre llamaba con nombres de caballeros cruzados. La Brough Superior era una fábrica de motos que había montado el hijo del famoso Brough, fabricante de las afamadas motos Brough. Pero las motos fabricadas por el hijo eran "superiores", y eso era algo que tanto el hijo de Brough como Lawrence lo sabían. Cierta vez, cuenta Brough jr., Lawrence apareció por la fábrica pidiendo que le hicieran una afinación en el motor porque tenía pensada una "cabalgata" de fin de semana. Como era costumbre, los mecánicos hicieron su trabajo y dejaron registrado en una ficha el kilometraje al momento de realizarlo. No hay que olvidar que estamos en 1920, y que las rutas inglesas de entonces no eran como las de ahora (ni hablar de las motos, aunque no eran tan diferentes). Lawrence llevó a hacer la afinación del motor de su moto el viernes a la mañana. Retiró la moto a la tarde y apareció nuevamente el lunes a primera hora. Los mecánicos y el mismo Brough jr. quedaron helados al comprobar que en el fin de semana Lawrence había recorrido montado en su moto alrededor de 3.000 km., una proeza que aún hoy, con las motos y las rutas actuales, sigue siendo difícil de equiparar.

viernes, febrero 06, 2004

El autor del autor 

Parece ser que a Alejandro Dumas no le caía bien el éxito rotundo de la novela La Dama de las Camelias, escrita por Alejandro Dumas (h). Se cuenta que una vez alguien le preguntó qué opinaba de su hijo como literato, y el viejo respondió: "Mi hijo es el autor de una gran novela, pero yo soy el autor del autor."

lunes, enero 12, 2004

La rata muerta 

Un día Clarice Lispector caminaba por la avenida Copacabana. Miraba distraída, sin pensar en nada. Sintió entonces algo de lo que nunca había oído hablar. Comenzó a sentirse la madre de todas las cosas. Sin ninguna prepotencia o gloria, sin el menor sentido de superioridad, se sentía la madre de todas las cosas. Y entonces pisó una rata muerta. En menos de un segundo se encontró erizada por el horror de vivir. En menos de un segundo era presa del pánico. Corrió y terminó apoyada en un poste de luz, con los ojos cerrados. La rata era rojiza, enorme, y tenía las patas aplastadas. No podía entregarse desprevenida al amor, se dijo. Dios quería que recordara algo, por eso había puesto una rata muerta en su camino. La grosería de Dios le resultó insultante. Dios era bruto. Entonces decidió vengarse, y desde entonces se dedicó a contar lo que Dios le había hecho, para arruinar de una vez por todas su reputación.

domingo, enero 11, 2004

Muerte en Cojímar 

Cabrera Infante tuvo un encuentro profesional con Hemingway. Fue en el yate que tenía el escritor (el que ya era, no el en ciernes), el Pilar, y la idea de la cita era pasar juntos el día en alta mar cazando tiburones (los tiburones no se pescan, se cazan). Como si el Golfo fuera el desierto de Gobi, Hemingway fue atacado por una sed persistente: bebía y beía de un termo (luego supo Cabrera que contenía vodka con jugo de lima). Hemingway bebía y beía, pero los tiburones no aparecían (a lo sumo algunos peces voladores, pero esos no se cazan ni se pescan, sólo se miran). Finalmente, al caer la tarde, Hemingway consiguió que dos tiburones se mordieran la carnada (primero uno y luego otro). Fuera de borda, a cada lado del Pilar, seguían vivos cuando regresaban a Cojímar. Hemingway entró al interior del yate y cuando salió traia entre las manos una ametralladora. Cabrera Infante confiesa que por un momento temió que fuera a fusilarlo. Pero hizo otra cosa: se inclinó sucesivamente a los dos costados y ultimó a los dos galanos cuyo único crimen había sido ser tiburones.

jueves, noviembre 06, 2003

Un encuentro curioso 

En una ocasión, en Nápoles, el padre de Graham Greene y un clérigo amigo con quien solía pasar las vacaciones de invierno (en Egipto, en Francia o en Italia) tuvieron un curioso encuentro. (La relación entre ellos era formal, siempre se llamaron por sus apellidos, y sus vacaciones eran más intelectuales que expansivas: no se puede ser muy expansivo vacacionando con un clérigo.) Al oírlos hablar en inglés un desconocido les preguntó si podía tomar un café con ellos. Les pareció que el hombre tenía algo familiar e indefinidamente desagradable en la cara, pero el hecho es que los mantuvo embelesados con su ingenio por más de una hora. No se intercambiaron los nombres, ni siquiera al despedirse, y el hombre permitió que pagaran los que había consumido: no café, por cierto. Pasó un rato antes que se dieran cuenta con quién habían estado: el desconocido era Oscar Wilde, recién salido de la cárcel.

martes, noviembre 04, 2003

El método 

En su introducción a las obras completas de crítica musical, George Bernard Shaw habla de su temprana ambición por desarrollar la resonancia innata de su voz de barítono y honrar los escenarios de las salas de ópera del mundo. Al parecer lo alentó un charlatán, uno de esos fósiles andantes y amantes de la teoría musical que ya había hecho caer en la trampa a la madre de Shaw cuando era estudiante y que se proclamaba en posesión de algo llamado "el método" (él hubiera usado las mayúsculas). Parece ser que después de varios meses de someterse al método, Bernard Shaw se entregó a la máquina de escribir y nunca pudo volver a cantar afinado.

martes, octubre 14, 2003

Wilde en Norteamérica 

El 24 de diciembre de 1881 Oscar Wilde se embarcaba en el buque Arizona para Norteamérica. Lo llevaba allí el éxito de sus Poemas y la invitación para dar una serie de conferencias. Además, una opereta cómica, Patience, donde se lo aludía, se representaba para entonces con éxito en Nueva York. Los organizadores de las conferencias pensaban aprovechar esta propaganda exhibiendo al propio esteta caricaturizado. Allí, en la aduana, al desembarcar, tuvo lugar una de las frases más conocidas y relampagueantes de esprit de Oscar Wilde. Ante la consabida pregunta de los aduaneros sobre si tiene algo que declarar, él respondió: "Nada, excepto mi genio."

jueves, octubre 09, 2003

Colaboracionismo 

Durante la Primera Guerra Mundial, el coracero Louis-Ferdinand Destouches, al llevar a cabo un acto heroico que lo inmortalizó en la cubierta del diario L'Illustration, montado a caballo y saltando sobre las trincheras alemanas, las riendas en una mano y el sable en la otra, sufrió una serie de graves heridas que le permitieron recibir, hasta el día de su muerte, una pensión por "inutilidad física en un 75%". Lo cierto es que un brazo le quedó paralizado, y desde entonces nunca consiguió dormir más de dos horas diarias (fue por esa razón, aconsejado por un médico, que comenzó a escribir el Viaje al fin de la noche: una mera terapia). A partir de aquí la historia es demasiado conocida: adoptó como apellido el nombre de su madre, Céline; escribió una de las novelas más importantes del siglo XX e inventó una lengua: el francés hablado-escrito. Recibió la ocupación alemana con desbordante felicidad. Era francés, pero odiaba a Francia y a cualquier cosa francesa que acudiera a su mente —exceptuando a la lengua y a Émile Zola.
Su odio proverbial a los judíos le valió la simpatía de los alemanes, a los que benefició a su vez (era médico) curándoles las hemorroides (los nazis eran, y siguen siendo, muy propensos a sufrir de hemorroides).
Al finalizar la guerra huyó a Dinamarca, donde había depositado los magros ahorros que había conseguido reunir cobrando derechos de autor. Fue encarcelado. Condenado a muerte y absuelto. Poco antes de morir, en 1963, accedió a recibir a un periodista en su casa de las afueras de París. En medio de la conversación, éste se distrajo viendo, colgada de la pared, aquella cubierta de L'Illustration del año 14.
   ¿Qué es eso? —preguntó el preriodista.
   ¿Eso? —respondió Céline—. Soy yo, en el año 14, montado en mi jamelgo. Y atrás, usted puede distinguir a los alemanes, mis colaboracionistas.

El salario de las mentiras 

En 1952, cuando apareció su primer libro, Los esclarecedores del porvenir, Evgueni Evtuchenko entró en la librería de un amigo. Quería ver su libro expuesto al lado de los maestros, Maiakovski y Pasternak. Y allí estaba. Repentinamente, entró un joven, con la urgencia de quien entra a buscar un medicamento a una farmacia. Buscó el estante de poesía y se puso a hojear un ejemplar de su libro. Evtuchenko estaba helado, atento y expectante. El librero creyó conveniente una mínima recomendación, y dijo algo sin importancia, algo del estilo: "Ese que tiene en la mano es un buen libro". Pero el joven, después de haberle echado una ojeada, volvió a poner el libro en su lugar. "No es lo que busco —le dijo al vendedor—. Quiero regalarle un libro a una amiga que quiere matarse. No me sirve."
Evtuchenko salió a la calle cubierta de nieve. Y sintió vergüenza, por su libro, por él mismo, por todo el mundo. Llegó al puente de Moscova y se detuvo a fumar. En el bolsillo, su mano encontró el fajo de billetes que había recibido por su libro, y los arrojó al río. El viento se llevó los billetes. Es así es como uno se libera del salario de sus mentiras. En esos casos, uno se siente un poco mejor con los bolsillos vacíos.

El gato de Wilcock 

El gato de Juan Rodolfo Wilcock hablaba italiano. Probablemente acataba las órdenes dadas con furia en castellano, pero a la hora de meditar recurría al dialecto toscano. Gigi Proietti, un actor cuyo rostro todavía puede verse en la RAI encarnando el papel del Maresciallo Rocca, había ido a verlo para hablarle de una versión del Fausto de Marlowe.
Estaban en su casa, en Lubriano, cerca de Roma. Wilcock estaba hablando cuando de pronto el gato abandonó el lugar en donde descansaba y atravesó la habitación diciendo claramente: "Me voy. Estos tipos me aburren". Wilcock prosiguió su charla como si nada hubiese ocurrido. Pero Proietti había quedado verdaderamente impresionado. Se podía esperar cualquier cosa de Wilcock, cualquier calamidad, pero no que su gato hablara.
   —Perdón —interrumpió— hace un momento vi pasar a un gato...
   —Sí —respondió Wilcock— es mi gato.
   —Eso ya lo sé —volvió a insistir Proietti—, pero... ¡habló!
   —Sí —respondió Wilcock— es raro: no suele hablar delante de gente que no conoce. Como le estaba diciendo, Fausto...

lunes, octubre 06, 2003

La risa, remedio infalible 

Luisa Mercedes Levinson había sufrido un derrame cerebral. Su hija Luisa y su nieta lo supieron gracias a un llamado telefónico de la mucama, envuelta en llanto. Ella misma ya se había ocupado de llamar al médico, que estaba en camino. Luisa y su hija, entonces, corrieron a verla. Estaba postrada, pero consciente. Bella y elegante, como siempre, el derrame había afectado una zona recóndita del habla, porque aun cuando se mantuviera en sus trece, tenía dificultades para hablar. Ninguna tontería, ningún desvarío, sólo ese modo de hablar lento, con vocales largas, que recuerda a esos discos de 78 rpm cuando se hacían girar a 33. Y hablaba. A su modo, casi ininteligible, decía encontrarse bien. Es más: le habían venido de golpe unas ganas enormes de viajar: "Quisiera irme a pa... a pa... a pa..." La nieta, al borde del llanto, quiso ayudarla: "¡A Paraguay!". A lo que Luisa Mercedes Levinson lanzó una carcajada y respondió, con su voz de siempre y a velocidad normal, mágicamente curada: "¿A Paraguay? ¡Qué locura! ¡A París!".
El médico no les creyó una palabra.

domingo, octubre 05, 2003

Compostura 

Alejo Carpentier era diplomático en París (a la que Carpentier siempre llamaba Pagrís), y durante la grabación de una entrevista en un programa de televisión una pared de utilería se vino abajo y se partió por la mitad, haciendo un ruido horrible. Un testigo (que casualmente se llama Rogelio París, y a quien Carpentier siempre llamaba Pagrís) dice que Carpentier no soltó un irreprimible "¡cagajo!", sino un "¡carajo!" bien audible y bien cubano. Perdió la egre cuando perdió la compostura.

Botellas 

Cuenta Fernanda Pivano que cuando Faulkner viajaba de Milán a Berlín en el 55, en la estación de trenes no había ni un bar abierto. Ella le preguntó si quería agua mineral. Faulkner le hizo repetir tres veces la pregunta y al final dijo: "What?" Ella, inocentemente, dijo: "No sé, podría tener sed..." Y él, más impenetrable que impasible, sin pronunciar una palabra abrió el bolso, su único equipaje, y le mostró las seis botellas de bourbon que lo acompañanan en todos los viajes.

sábado, octubre 04, 2003

Correspondencia 

Carta de George Bernard Shaw a Winston Curchill:
"Dear Churchill: Aquí le envío dos invitaciones para el estreno de mi próxima obra: una para usted y otra para un amigo, si es que tiene uno."
Respuesta de Winston Churchill a George Bernard Shaw:
"Dear Shaw: Cuestiones de Estado me impiden acudir al estreno de su obra, pero prometo ir a una segunda función, si es que hay una segunda función."

Presentación formal 

Robert Graves y Ezra Pound no se conocían. Probablemente habían oído hablar uno de otro, pero la cosa, hasta el momento, no había pasado de eso. Thomas Edward Lawrence era amigo de ambos. Un día la casualidad quiso que se encontraran los tres. Y entonces Lawrence procedió a presentarlos formalmente: "Pound: Graves —dijo—, Graves: Pound. Ódiense."

La novela de un utilero 

Para Pasolini, Cien años de soledad es una obra maestra de la ridiculez. La califica como la novela de un utilero, escrita con cierta vitalidad y profusión del manierismo barroco latinoamericano, pero para uso exclusivo de alguna gran productora cinematográfica norteamericana. Los personajes parecen a sus ojos "mecanismos inventados" con espléndida habilidad por un guionista, ya que poseen todos los tics demagógicos destinados al éxito comercial. Para Pasolini, García Márquez es un burlador fascinante. Tan fascinante y tan burlador que todos cayeron en la trampa.

viernes, octubre 03, 2003

Un cuaderno lleno de estupideces 

Si hubiese sido por la esposa de Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde nunca hubiera visto la luz. Fanny Stevenson estaba tan desilusionada por el texto que su marido había escrito en sólo tres días, entre los ataques hemorrágicos debidos a la tuberculosis y los delirios producidos por la cocaína con la que se curaba, que quemó el manuscrito. Stevenson tuvo entonces que empezar de nuevo, dolorido y alucinado, rescribiendo la obra en otros tres días (Stevenson escribía a una velocidad asombrosa: 10 mil palabras por día, cuando Stephen King, uno de los más prolíficos de los autores modernos, sólo escribe mil.) Esta vez Fanny lo consideró "un cuaderno lleno de estupideces absolutas", pero de todas formas el manuscrito terminó en manos del editor.

Victoria y derrota de la Ocampo 

Cuenta de buena fuente Cabrera Infante que refugiado de la ocupación nazi Roger Caillois atracó en la residencia de Victoria Ocampo, que le dio la bienvenida. Pero la Ocampo notó, al correr de los grandes días, que los efluvios odorosos de Caillois día a día crecían, al tiempo que comprobaba que el sujeto nunca visitaba el baño. Victoria, con su galantería habitual, le hizo conocer la existencia de ese lugar sagrado, y Caillois comprendió la indirecta, de modo que se internó en él un momento: momentáneamente. Pero al salir seguía ostentando sus olores tanto o más que antes. Seguía visitando el baño, es verdad, se encerraba allí bastante tiempo, pero nada cambiaba: el perfume parecía persistir a pesar de la perfusión. Un día Victoria se quedó cerca del baño oyendo los ruidos higiénicos de Caillois en la bañera, ruidos demasiado acompasados, simétricos y oportunos para relacionarlos directamente con una actividad tan torpe e higiénica. Victoria abrió la puerta y vio a Caillois vestido de negro, sentado al borde de la bañera llena, leyendo, mientras con la mano libre hacía olitas. "Este es obviamente el drama de las dos culturas —sentencia Cabrera Infante—: la que cree en el baño y la que cree en el libro".

jueves, octubre 02, 2003

Irritable 

Parece ser que Joseph Conrad era tan irritable que cuando por ejemplo se le caía la pluma al suelo, en vez de agacharse a recogerla y continuar dedicaba varios minutos a tamborilear exasperado sobre la mesa a modo de lamento por el accidente sufrido. Luego, una vez calmado, podía proceder a levantar la pluma del suelo. Pero no había nada que hacer: el triste evento ya le había arruinado la tarde.

Daisy Ashford y las muñecas 

Daisy Ashford escribió su obra maestra, Los jóvenes visitantes a la tierna edad de nueve años. Dejó de escribir a los catorce. César Aira no ve allí ningún enigma: "Preguntarse por qué no volvió a escribir de adulta equivaldría a preguntarse por qué dejó de jugar a las muñecas".

Vocación 

Gustave Flaubert empezó a escribir muy pronto. A los nueve años, cuando apenas sabía trazar las letras y cometía faltas de ortografía, envió una carta a un compañero de escuela. La carta decía: "Si quieres podemos asociarnos para escribir: yo escribiré comedias y tú escribirás tus sueños, y como hay una señora que viene de visita a casa y que siempre nos cuenta tonterías, yo las escribiré". Eso se llama vocación.